JOSÉ BORELLO



José Borello

El brillo de su estrella fue fugaz, aunque quedó para siempre consagrado a la idolatría en el corazón luminoso del Nº 12. En un año hizo olvidar el resentimiento que se le prodigó desde sus primeros sus primeros pasos por la primera auriazul, para ganarse elogios de dispar dimensión y encumbrarse como el abanderado de la conquista de un título, luego de nueve años sin que el cielo xeneize se enriqueciera con un campeonato. Su figura trascendente se comenzó a apagar con tanta rapidez como se encendió poderosa, para retornarlo a su humilde postura de hombre de bien, la que nunca perdió, aún cuando el éxito lo rodeara.

José Borello nació en el Barrio Mendoza, Bahía Blanca, el 29 de noviembre de 1929. Doce años más tarde tenía su primer contrato con el fútbol grande. Ya era "Pepino". Participaba de un campeonato infantil organizado por el club Pacífico. Carlos de Paulis, delegado de las inferiores de Olimpo, lo vio jugar e inmediatamente lo interesó para que fichara en la sexta división. Tres años más tarde debutó en la primera división en forma imprevista. "Estaba jugando en el potrero --cuenta--, en el campeonato de barrios, cuando aparecieron dos dirigentes de Olimpo y me dijeron que saliera porque tenía que jugar en la primera contra Estudiantes. Ganamos tres a dos y yo marqué el gol del triunfo. A esa satisfacción se agregó otra: recibí un premio de 25 pesos". Un promedio más que interesante refleja su vocación dentro del campo de juego.

Convierte 90 goles en 121 partidos. Logra un gran récord jugando para la Liga del Sur ante el combinado de Puán. El partido finaliza con el desusado marcador de 16 a 1 y Borello se anota con 9 presencias en el fondo de la red, en una brega de marcado desequilibrado. Los clubes de la Capital se interesan por ese hombre que promueve el delirio de los simpatizantes bahienses con sus cañonazos. Primero es Estudiantes de La Plata quien logra el concurso del extraordinario goleador, donde milita a préstamo durante 1949. No se adapta al nuevo ambiente, y por el otro lado, Ricardo Infante cruzaba en su camino el apogeo y era poco menos que imposible desplazarlo de la titularidad. Breve es su paso por el equipo platense. Tras tres meses de actuación en las filas albirrojas, retorna a Bahía Blanca. Olimpo vuelve a contar con su cañonero. Siguen los goles espectaculares. Otra vez el fútbol porteño que posa la vista sobre Borello. En la puja triunfa Boca que a principios de 1951 logra sus servicios.

Buena estatura, piernas robustas, físico generoso, lo hacen de una imagen de hombre pesado, lento para desplazarse con agilidad dentro del campo de juego. Sólo la celosa preparación física le brindaba rapidez que su contextura parecía negarle. No era un exquisito con el balón. El no andaba con sutilezas. Lo suyo era fuerza, fervor, entrega total por una pelota perdida. Era todo esfuerzo, sacrificio y espectacularidad. El hincha esperaba pacientemente la

aparición de esos cañonazos potentes que buscaban el resquicio por donde envolverse con la red, como descanso obligado a su dolor. Delantero por vocación., se transformaba en un hombre peligroso dentro del área, allí donde no se admiten las vacilaciones, donde se pide coraje y decisión. Esos eran los atributos más importantes de "Pepino".

En su primera temporada cumple 7 presencias y 6 veces se encuentra con la red.. En el '52, quince son las oportunidades que se calza la azul y oro y 7 son los goles que marca. Su paso es intrascendente por la primera xeneize. En Boca no lo ven con pasta para erigirse en el dueño del centro del ataque. Se hace su transferencia a préstamo a Chacarita Juniors en 1953. Tampoco la casaca tricolor le sienta. Jugó 8 y no conquistó ningún gol. Parecía condenado al fracaso.

Pero no fue así, retorna a boca en el '54, y obtiene el suceso que se le había negado con anterioridad. Mucho tienen que ver en su recuperación, Ernesto Lazzatti, entrenador, y Pablo Arándola, preparador físico, quienes con su trabajo hacen posible que "Pepino" recupere la confianza en sí mismo. Vuelve al centro del ataque en la séptima fecha del campeonato ante Vélez Sarsfield. Convierte uno de los dos goles de la victoria y tras él, 18 veces más se hace presente en el marcador, erigiéndose en goleador del torneo, compartiendo el honor de romperredes con Conde de Vélez Sarsfield. Su mejor perfomance la plasma el día que Boca derrota a Gimnasia y Esgrima y Borello convierte 4 de los 7 goles auriazules. Al poco tiempo Guillermo Stábile lo lleva a la selección argentina. Seis veces viste la casaca celeste y blanca y tres las veces que consigue un gol argentino. Sigue en Boca hasta 1959, jugando su último partido para el cuadro de "La Bombonera" el 12 de

José Borello
José Borello en acción en el Monumental
José Borello
José Borello a punto
de concretar un gol

octubre de 1958 en cancha de Vélez Sarsfield ante Argentinos Juniors. Pierde Boca 1 a 0 y Borello clausura su gran ciclo en la entidad de la ribera.

Según sus palabras su mejor gol lo convirtió el 19 de septiembre de 1954. "Ese día teníamos que jugar contra Vélez de Huss, Allegri, Ferrari, Conde, 'Finito' Ruíz en La Bombonera. Boca empezó muy bien con Mouriño y Pescia, ocupando la cancha, y todos nosotros cumpliendo la mejor actuación del año. A los 15 minutos Marcarián hizo el primer gol, Al rato Mouriño tomó la pelota, se la pasó al uruguayo Rosello y éste me la dio a mí, que estaba casi en el centro de la cancha. Avancé unos cinco metros, levanté la cabeza y no sé, se me ocurrió, me pareció que podía ser... Saqué un derechazo que salió como una bomba y se clavó en el arco. Cuando el arquero Adamo se tiró, la pelota ya estaba adentro. El público se enloqueció y yo no terminaba de reaccionar. Después me di cuenta que era el mejor gol de mi vida. Ganamos 3 a 1 y hubo un lío bárbaro. 'Finito' Ruíz le metió una plancha a Colman y nos agarramos todos a trompadas. Pero yo no puedo olvidarme ese gol. Fue el mejor de mi vida".

José Borello

Nadie puede olvidar sus goles, con la misma emoción que lo invade cuando lo recuerda. Ni sus duelos con Amadeo Carrizo, con quien se los definió como enemigos a muerte. Dentro de la cancha, sí, pero fuera, la amistad era el sentimiento que los unía. Si no basta con recordar que cuando Borello estaba en la mala y se organizó un partido para superar la situación que vivía "Pepino", Carrizo fue uno de los que más trabajó por el éxito de la empresa. Un hombre como él, no podía tener enemigos. Era la humildad hecha carne. Fue simplemente Borello. Un ídolo de siempre.


Nota revista El Gráfico de 1954


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