JOSÉ MARANTE


José Marante
José Marante

"Cuando había que jugar, jugaba --dijo-- pero si las papas quemaban, no abollaba la luna porque no podía". Esa fue la certera definición que dio a su juego José Marante, para todos los boquenses "Perico". Y ésa fue la particularidad que identificó en los primeros pasos de su carrera cuando luego de pasar el filtro de las divisiones inferiores, debutó en la primera fecha del campeonato de 1934 con sólo 19 años. El rival Huracán. El debutante dejó buena impresión aquella tarde, pero volvió a las divisiones inferiores, quedando como reemplazante de Moisés y Bibí, dos brasileños que boca contrató para cubrir los puestos de zaguero. Ese año jugó tres partidos más en primera, haciendo pareja con el paraguayo Echeverry y Piaggio.

Fueron muy duros para Marante los comienzos en el fútbol grande. En la segunda rueda, en un mach con San Lorenzo, Boca perdió 5 a 3 y todos los reproches fueron para ese recio muchacho que no había cumplido con su cometido. Pero había dejado todo de sí en la gramilla, el impulso del grito guerrero que bajaba de la tribuna: "¡Leña!, ¡Leña!, pedía la hinchada y hacia allí iba Marante para darle el gusto a sus simpatizantes. Claro, que pagó el precio a sus ganas de llegar a algo. No se afirmó en el primer equipo por la agresividad que mostraba cuando las circunstancias le eran adversas. Cuando llegó Domingos da Guía, fue definitivamente el suplente del moreno que no dejó en la temporada la titularidad. En 1938 pareció llegar su hora buena. jugó 25 partidos integrando con Menéndez y Valussi la zaga. Ese año llegó a Boca un atajador, Claudio Vacca, así se formó por primera vez el terceto: Vacca, Marante y Valussi.

Pero no fue buena. A principio de 1939 llegó el momento de arreglar los pesos y Marante que había jugado la mayor parte del campeonato, exigió una suma de dinero que fue considerada descabellada por los dirigentes. Allí comenzó el conflicto, que terminó con su paso a préstamo a Ferro Carril Oeste, para regresar en 1940, aunque durante un tiempo el club lo declaró en "desocupación" y recién dos años más tarde llegaría la consagración, que tanto había buscado desde entonces. Sólo el temple de un hombre de bien puede esperar pacientemente el momento en que la gloria le abre sus sentimientos, tras el duro batallar del sacrificio.

Como dijimos, en su primera época fue un recio marcador, expeditivo, de pocos atributos técnicos que, con el correr del tiempo, fue puliendo sus defectos hasta convertirse en el modelo ideal del zaguero centro, complementando la riqueza técnica con el temperamento natural. Ya firme en la titularidad, sus duelos con "La Máquina", aquella famosa delantera de River Plate, hizo que su prestigio aumentara. "La cuestión --explicaba-- es no dejarse engolosinar. Pedernera puede buscarme todo el partido, yo no le voy a decir más de lo estipulado... ¡Y nos decimos cada cosa!". Fue una barrera infranqueable para las buenas delanteras que brillaron por los años '40 quizá el apogeo del fútbol argentino. Eran tiempos donde el esplendor de los delanteros opacaba los destellos luminosos de los defensores. Pero "Perico" brilló. Tenía calidad y pasta de crack.

Cuando todavía era un pibe, se metía entre los huecos del alambrado para ver en acción a Ludovico Bidoglio y Segundo Médice, que fueron sus primeros ídolos. Después, cuando se mezclaba con los consagrados en el primer equipo, gozaba de las jugadas que realizaba "El Diamante Negro". "Fue lo mejor que vi en el puesto", reconocía con sinceridad Marante al hombre que le impedía llegar a la titularidad. "Parecía adivinar la jugada que vendría". La tarde que José Salomón fue lesionado grave e intencionalmente por el delantero Jail, tuvo una actitud que enaltece su hombría. Ese día debutó en el seleccionado argentino en lugar de Salomón. Argentina ganó por 2 a 0, pero una vez finalizado el partido, el público irritado por esa acción desleal, trató de agredir a los componentes del conjunto "verde amarelho". Domingos estaba entre ellos. Marante, demostrando su hombría, junto al moreno encabezó la columna de jugadores saliendo de la cancha. Cuando se acercaron a las gradas lo abrazó para evitar que su ídolo fuera molestado por el público.

Siempre arriesgó un poco más en las canchas, gracias a su gran elasticidad. Asó lo hizo una vez cuando jugó de "héroe" en una maniobra de la vida. Marante estaba en la esquina de su casa, cuando alguien le comunicó que había estallado un incendio en la calle Wenceslao Villafañe 1030 y que esas llamas amenazaban propalarse por toda la manzana. Marante corrió hacia el lugar del siniestro. En el camino se encontró con Sarco, otro jugador que vistió la camiseta azul y oro y con particular éxito. En el momento que llegaron hasta el lugar comprobaron que las edificaciones de madera se consumían increíblemente y poco tiempo más podían resistir de pie. En ese instante llegó una señora con la más profunda angustia reflejada en su rostro. Era la dueña de casa. El incendio se inició mientras ella se dirigía al mercado para hacer las compras y había dejado durmiendo a sus dos hijos. Ni Marante ni Sarco titubearon un segundo. se dirigieron a un comercio y sacaron la lona de sus toldos, para protegerse, y con decisión encararon hacia la pieza donde estaban los niños y los pusieron a salvo. Los dos cracks boquenses salieron y depositaron a los pequeños en brazos de su madre que durante infernales minutos pensó que nunca más iba a verlos con vida. Luego se alejaron con la misma premura para perderse en el silencio, evitando las expresiones de júbilo que la gente del barrio les quería tributar, llevándolos en andas.

Y tal como él lo quiso, se hizo grande en Boca. Era xeneize de ley. Luego del conflicto que lo separó en el '39 del club de sus amores, llegaron desde Italia unos intermediarios que le ofrecieron jugar en la península para el Roma, la misma entidad que había contado en sus filas a Stagnaro, Scopelli y Guaita. La oferta era tentadora para cualquiera que quisiera lograr una posición jugando al fútbol, por lo que muchos amigos cercanos pensaron que la propuesta sería aceptada. Pero no fue así. Se quedó en Buenos Aires y se dio el gusto gracias a su espíritu infranqueable de boquense.

Estuvo ligado a la institución de la ribera por casi 20 años y durante su trayectoria compartió la zaga con quince jugadores que fueron éstos: Wilson, Moisés, Bibí, Domingos, Ibáñez, Valussi, Laidlaw, de Zorzi, Piaggio, Perrosino, Echaverry, Pasarín, Piccone, y habrá que agregar a Noceda quien fue su compañero en Ferro. En los comienzos como futbolista no era back central. era wing derecho. Cuando se presentó en Boca Juniors para probarse se apersonó ante Cerezo y éste le preguntó: "¿De qué jugás?" "Wing derecho", fue la segunda respuesta. "¿De wing? Vos tenés pinta de defensor. ¿Te animás a jugar en defensa?".

Para muchos fue el mejor exponente que haya dado Boca Juniors en toda su historia; para otros fue tan discutido como el que más. Emparentado con el éxito la mayor parte de su carrera vivió las angustias del descenso en el final de su carrera, cuando los auriazules eludieron ese fantasma en la última fecha del campeonato de 1949. En 1950 jugó sus últimos dos partidos con la casaca azul y oro. Luego de un breve paso por Defensor de Montevideo y el retiro definitivo. Atrás quedó una trayectoria de sacrificios y gloria. La historia de un ídolo.


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Desde el 15 de noviembre de 2000