JULIO MELÉNDEZ CALDERÓN



Julio Meléndez y Roberto Matosas (River) en fraternal abrazo

Sí, fueron muchos los defensores que recordamos en este sitio, en mérito a sus inolvidables actuaciones, produciendo una campaña que nunca podrá ser olvidada por los xeneizes. Así pasaron hombres de la talla de Ludovico Bidoglio, Domingos Da Guía, Garibaldi, Marante, Colman y otros. Cada cual con su estilo impuso su presencia en el fondo boquense, ganándose la admiración del número doce y el respeto de los rivales. ¿Quién de ellos habrá llegado más lejos?. Es difícil de probar porque todos estuvieron en tiempos diferentes y generalmente fueron continuando la estirpe que dejaba su antecesor. Uno tras otro. Así arribamos a la parte final de la década del '60. Más precisamente en 1968, cuando José María Silvero deja el fútbol y Magdalena no cubre de acuerdo a las necesidades el puesto a la zaga boquense. Entonces los dirigentes vuelcan su mirada al Perú y depositan el dinero necesario para concretar el pase de Julio Meléndez Calderón a la ribera. Se iniciaba un ciclo de brillo.

Tan esplendoroso como fue la actuación con la casaca boquense,  que no sólo se ganó la idolatría del hincha xeneize sino también de los simpatizantes contrarios. No era una admiración que se recluía en el silencio que consiente el respeto. Era reconocimiento capaz de arrancar el aplauso espontáneo del rival. Nadie podrá olvidar la tarde en que en el estadio Monumental sufrió la única expulsión de su carrera. El rival era River y se mostraba en mejor forma que el conjunto de la ribera. Ganaban 2 a 1 los millonarios cuando arreciaba sobre el marco de Carballo el fervor boquense pugnando por la igualdad. El último hombre era Julio Meléndez. Pica Oscar Más y queda mano a mano con el defensor. Gana el delantero y el moreno toma la pierna del puntero izquierdo. Como entonces

regía la reglamentación que decía que todo jugador que tomara en dos ocasiones a un rival sería expulsado, el árbitro, obligado por la legislación, se dirigió hasta Meléndez, le extendió su mano y le pidió que se retirara del campo de juego sin otro gesto. Accedió sin reparos el moreno y también el "Mono" Mas le extendió su mano, mientras de los cuatro costados del estadio, las palmas batían para consuelo de ese jugador que era víctima de una reglamentación, aunque no hubiera denunciado mala intención. Era un grande.

Anécdotas como éstas sobran en su paso por las filas xeneizes. Abonado a las crónicas donde resaltaba su hombría de bien y la jerarquía de su juego, fue en cada partido demostrando el caudal de calidad que poseía. Quizá entre 1968 y 1972, cuando cierra su ciclo en Boca Juniors, haya sido el jugador más regular del conjunto xeneize y quizá del medio local. "Es un hombre que es útil en cualquier equipo, porque en ningún momento se desorienta dentro del campo de juego y a pesar que no demostraba fervor, era capaz de llevar adelante cualquier equipo. Sin dudas es uno de los mejores jugadores que he visto en mi vida". Así lo recordaba José María Silvero, que además

de ser técnico en el '70 fue el antecesor en su puesto. Siempre ligado a los actos de corrección. Nunca una acción que lo sindicara como violento. Acaso que para juzgarlo definitivamente valga traer al presente aquella triste noche de Sporting Cristal - Boca Juniors jugado en La Bombonera, donde la intemperancia de los jugadores sobre el final del encuentro se tornó en violencia incontrolable, originando una batalla campal donde participaron casi todos los hombres de ambos equipos. Meléndez fue el único que aportó seriedad para apaciguarlos.

Era un jugador de alta clase. muchos se preguntaban cómo hacía para controlar a los rivales sin necesidad de recurrir a las brusquedades, en tiempos donde su juego se convertía en un ejemplo de caballerosidad, ante la intemperancia que ponían de manifiesto la mayoría de los zagueros. Era tal su dominio de balón y del campo de juego que todo lo hacía con  una facilidad llamativa. Indefectiblemente los intentos rivales morían en la elegante salida de Meléndez.

Gran parte de la solidez defensiva que mostró Boca en estos tiempos dependió de su sobriedad para contrarrestar las maniobras contrarias. Sólo le faltó algo para concretar su brillante actuación. Un gol, pero estaba para apuntalar la avanzada de sus compañeros. Siempre fue el último hombre. Ganó el Nacional de 1969 y el Nacional de 1970, siendo columna vital para aquellas conquistas. Un poco por una lesión, otro tanto por las añoranzas de sus tierras, pidió ser transferido a un conjunto de su país. El pase se concretó y a fines del '72 se cerró su brillante paso por las filas de Boca Juniors. Se iba un grande que compartió con Marzolini, Roma y Rattín un sitial de privilegio y conformó un triángulo de triunfo. Otro "Diamante Negro".


Julio Meléndez Calderón (FOTO: Boca "el libro")

Julio Meléndez
Julio Meléndez en plena acción,  le quita la pelota al delantero de Ferro Carril Oeste

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