MARIO EMILIO HERIBERTO BOYÉ


Mario Emilio Heriberto Boyé
Mario Emilio Heriberto Boyé

Los orientadores boquenses buscaban el "cañonero" que llenara el vacío que habían dejado Francisco Varallo y Domingo Tarascone. Todos se orientaban hacia un centroatacante con polenta y buen remate. No había caso. Pasó casi inadvertido Atilio García y los otros que vinieron eran atacantes livianitos, sin la espectacularidad de aquellos. S e conquista en campeonato de 1940 y el "cañonero" no aparece. Comienza el torneo de 1941 y llega a primera división un puntero derecho que había tenido excelentes desempeños desde la sexta división de Boca. El 8 de junio debuta ante Independiente, quedando con el triunfo los xeneizes por 2 a 1, Mario Boyé. Su desempeño fue aceptable y vuelve a ocupar la punta derecha en lugar de Aníbal Tenorio, el domingo siguiente. A los cuatro minutos del primer tiempo ante Lanús tiene el primer contacto con la red. Centro desde la izquierda, la pelota sobra a toda la defensa y le queda picando a Boyé. Derechazo imparable que sacude la red y estremece el estadio. Ahí comienza la historia de otro "cañonero" de Boca. La historia de "El Atómico".

Su nombre completo era Mario Emilio Heriberto Boyé. Nació el 30 de julio de 1922 en Capital Federal. Hizo sus primeras armas en el fútbol en el club Brisas del Plata, para pasar luego a "El Fortín". En 1936 se produce su ingreso a Boca Juniors. Ya en primera división debió pasar por el filtro exigente de la mirada de su hinchada. En un primer momento lo objetan. Es que su físico grande contrastaba con la imagen de un puntero. Poco habilidoso en el manejo del balón, compensaba con su velocidad y potencia la falta de técnica. Era inteligente para desmarcarse buscando los espacios vacíos y conectar su violento disparo. Pero en un primer

momento fue criticado, como la mayoría de los ídolos que edificaron su reinado a base de goles espectaculares. Y Boyé tiene muchos para contar.

"El primero que le hice a Huracán en 1946. Mandé un taponazo tan impresionante que la pelota entró embolsando la red, que hizo de elástico y la devolvió a la cancha. Ni el público ni los jugadores estábamos seguros si había entrado, pero el referí que estaba cerca señaló el centro del campo". recuerda dos goles que conquistó de cabeza, uno por centro de Natalio Pescia; otro por envío de Sosa, con los que quedaron decretados   primero el empate y después el triunfo ante Gimnasia y Esgrima La Plata en 1943 en cancha de Boca Juniors. "El Lobo" había sido duro rival. Con esos goles de los xeneizes se aseguraron la conquista de una nueva estrella Pero el gol que más recuerda es el que logra para Racing en la final de 1951, ante Banfield. "Fue un golazo. La tocaron todos los delanteros y cuando le llegó a Simes le pegué el grito. Cuando llegó la pelota estaba en la punta del área en diagonal al arco... Apunté y se la clavé en el ángulo a Graneros. Fue el gol más importante de mi vida porque era el equipo grande que le ganaba al chico".

Estuvo en Boca 13 años, en el '49 fue vendido al Génova de Italia, donde es el goleador del modesto equipo y se gana el mote de "Il Matadore". Pero su paso por las tierras italianas es tan exitoso como breve. Retorna a la Argentina y se enrola en Racing Club. Cuatro temporadas en el club de Avellaneda, otro en Huracán y la vuelta a Boca Juniors. A principios de 1955, Jaime Sarlanga, director técnico de los xeneizes, confía en que "El Atómico", a pesar de sus treinta y tres años, puede ser útil para su equipo. Todavía era fuerte, decidido, pero no tan veloz como antes. "Anduve bien, regular y mal --acepta--. Me desalenté. Ya me turnaban con Pentrelli. A veces me ponían, a veces no. Por eso en marzo de 1956 dejé el fútbol. no quería estar de lástima en Boca". Así también se había desalentado cuando luego de su paso por la primera división, en el '41, juega once partidos y sólo convierte dos goles. Sólo la presencia de los amigos como Carniglia hicieron posible que no perdiera la calma y esperara su oportunidad.

Con "Yiyo" fueron compañeros desde las inferiores menores. En la quinta división tenía una sociedad muy especial. Su padre le prometió una retribución de tres pesos por cada gol que conquistaba. El trato entre ambos era repartir el premio. "Vos me la pasás --le decía 'El Atómico'-- y vamos a medias". En cada pase que le hacía Carniglia le gritaba: "No fallés que yo voy con un cincuenta". Boyé hizo siete goles y su padre desembolsó 21 pesos, que fueron religiosamente repartidos entre ambos. Siempre emparentado con el gol, varias fueron las oportunidades que batió tres veces la valla rival. Este es el detalle: Barrionuevo, de Huracán, en el '44; Quilice, de Newell's Old Boys, en 1954; Villafañe, de Tigre, en el '46; Soriano de Atlanta en el '47, Ogando de Estudiantes el mismo año y Poggi de Gimnasia en el '48. Pero es en Italia donde mejora su récord. Jugando para el Genova convierte cuatro goles al Triestina. "Ganamos 5 a 2 y escuché la ovación más ruidosa y prolongada de mi vida".

Todo nervio, se destacaba por el temperamento que lo poseía cada partido. La embestida era furiosa, incontenible. En 1941 Boca Juniors juega un amistoso con Argentinos Juniors, que gana por 5 a 0. "El Atómico" no convence. Desde la tribuna le gritan "Tronco", "Ropero". El técnico, Oscar Tarrio, quiere reemplazarlo, pero él se encapricha en quedarse en la cancha. Le cae una pelota, sin marcador encima, con todo el terreno imaginable para picar y la levanta por arriba con un zapatazo verdaderamente impresionante, como protesta. "Era como si estuviera loco. me fui para los vestuarios y me llegaban más insultos. Cuando llegué frente a la tribuna, me saqué la camiseta y se la tiré con toda la bronca del mundo por no poder agarrarlos a golpes". Otra anécdota sucede en Colombia jugando para Racing Club. El ánimo estaba caldeado por los insultos y la pierna fuerte. Choca con el imponente "Pipo" Rossi y se trenza en una pelea a puñetazos limpios. Y le acertó algunas trompadas en el rostro al increíblemente grande centrojás.

Jugó en Boca Juniors 206 partidos en los que convirtió 112 goles. Un jugador espectacular, poco atractivo para la tribuna. Pero su amor propio, su potencia, su guapeza, tuvo el reconocimiento de aquellos que alguna vez le gritaron "Tronco", que cambiaron el nombre del equipo de sus amores, Boca, para introducir su apellido en un cántico de aliento: "Yo te daré... Te daré niña hermosa... Te daré una cosa... Una cosa que empieza con B... ¡Boyé!". Tuvo una despedida a su medida, como estuvo rodeada toda su trayectoria como jugador. Abrazado con el gol. "Jugamos un triangular en Montevideo, con Peñarol y River, y allí le hice un gol a Amadeo Carrizo, en el primer tiempo. '¿Sabés que es el primero que hacés en tu viva, Mario?', me recordó Amadeo, como dolorido. En la vida todo llega y cuidate que en una de esas, si entro en el segundo tiempo, sigo con la fiesta. Y me cargó: 'Si me metés otro, te pago un whisky'. Pedí entrar y le hice tres más".

Ya nunca más se puso la casaca azul y oro. Atrás quedó el goleador. El fútbol hecho gol. Eso era Mario Boyé...


Mario Boyé
Sale Honores, arquero de Platense, pero es inútil. La definición espectacular y certera
de Mario Boyé ya tiene su destino marcado. El fondo de la red. Junto a él, Severino Varela,
con su inconfundible boina. Los dos goleadores de este gran equipo.


Una anécdota interesante:

Boca viaja a Rosario para medirse con Newell's Old Boys. está jugando gran parte de sus pretensiones de campeón en este viaje. Los rojinegros le han hecho guerra a todos los que pisaron su estadio. Y fueron contados los que salieron airosos. Es la decimoséptima fecha y Boca se ha consolidado como puntero del campeonato y dos puntos lo catapultarían definitivamente. Es la segunda ronda del campeonato de 1944. De entrada, Sobrero, zaguero de Newell's Old Boys, bate su propia valla. Sarlanga aumenta. Boca gana 2 a 0 con comodidad. Los locales se lanzan al ataque. Empatan. Pasan a ganar 3 a 2. Cuatro a dos. Mitad del segundo tiempo. El partido parece terminado a pesar de que aflora la garra boquense y lo mete a Newell's contra su marco. Corcuera emboca el tercero con un cabezazo. No hay respiro. Boyé toma el balón sobre el centro del ataque y saca un cañonazo. Cuatro a cuatro. Faltan pocos minutos. Pase en profundidad para el "Atómico". Gana en velocidad. Sale el arquero. Es la victoria para los xeneizes... Sigue Boyé, saca el derechazo cruzado. Es gol... Pero, no. La pelota roza el palo y se va incontenible afuera del terreno. Boyé se agarra la cabeza. Termina el partido. Boyé no lo puede creer. Al fin de cuentas, se perdió un punto.


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