NÉSTOR MARTÍN ERREA



Néstor Martín Errea

CONFÍA EN SU PROPIA LÓGICA

Vino estruendosamente publicitado de Europa, tras aquella desafortunada excursión de "aprendizaje"  del seleccionado argentino. Los cuatro goles ante Italia parecieron una lápida, pero por aquello de que no hay mal que por bien venga, le sirvieron a la postre de sólido basamento a su popularidad. Influyeron también en ello, evidentemente, en primer lugar su ruidosa controversia con el presidente de la A.F.A., Colombo, y luego la defensa a muerte que ensayaron los iracundos de la crónica deportiva. De todas maneras, hay que confesar que su popularidad no corrió pareja con la confianza que se tenía en sus condiciones de arquero.

Cuando Atlanta lo vendió a Boca Juniors, ya lo había reemplazado en el equipo superior. En nuestras filas pareció sentirse al principio un poco como pato de otra laguna. Luego, naturalmente se aclimató. Y cuando los tres goles de los ingleses en Rancagua parecieron demoler anímicamente a Roma, agarró el barato del equipo superior. Fueron transcurriendo los partidos, y Errea vivía al margen de la humillación de ver doblegada su ciudadela.

Olímpicamente de sí mismo, casi desdeñoso de las posibilidades del rival para derribarlo de su torre de invicto. Mil veces su arco atravesó por situaciones tremendas sin que se diese por enterado. Para la tribuna, con su camiseta que parece copiada al absurdo pullover de pibe de "La Dolce Vita", y sus rasgos a lo Buster Keaton, era como un caballero de la angustia.

Siempre se temía que sus salidas inexplicables generaran la quiniela de un gol de biógrafo. Pero él seguía confiando en su lógica, en ese sentido del fútbol que lo lleva a "jugar", que para un arquero es algo que está más allá de la simple acción de atajar. Claro a veces falla. lo que falla, por supuesto, es su lógica. Pero eso es también lógico,  después de todo. Si los movimientos estratégicos no fallaran nunca, nadie perdería una guerra.

Néstor Errea tuvo su Waterloo en Núñez. Aquellos tres goles relámpagos de River tendieron a deslucir su mito de semi imbatibilidad. Y lo más grave para él fue que en Boca comenzó a creerse que esos tres goles no sólo habían perforado su valla, sino también su confianza, su fortaleza moral. Y entonces, tras otros dos partidos en los que su faena no alcanzó a

definirse enteramente (Estudiantes y Chacarita) se consideró prudente darle un tiempo para que se tonificara anímicamente.

Imposible resultaba advertir a través de la coraza de su imperturbabilidad si necesitaba realmente esa tregua, pero se nos ocurre que fue atinada la decisión de D'Amico, que tendría a evitar que siguieron cargándose de electricidad los nervios de Errea, que siempre se adivinan tensos debajo de su máscara impasible. Después de todo, esto de ahorrar a los jugadores las etapas que parecen poco propicias, es una de las ventajas de poseer un plantel sólido y armónicamente constituido, con hombres de repuesto para todas las plazas.

Pero Errea, por encima de la emergencia de su desplazamiento, sigue siendo un valor sin discusiones. Y sin ninguna clase de duda, el gran arquero del futuro. Un futuro que nada cuesta suponer muy inmediato. Esencialmente, es lo que debe ser un guardavallas. Un hombre que juega, que tiene el área completa como terreno para sus desplazamientos. Probablemente le falta aún un poco de madurez. Cuando la alcance, su "lógica del fútbol" se habrá afinado hasta convertirse en irrebatible. Pero aún así Errea es un hombre que acusa aptitudes difícilmente superables.

Fuente: Así es Boca 1962


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