PAULO VALENTIM


Paulo Valentim
Paulo Valentim

Lo trajo a la Argentina la fiebre del "fútbol espectáculo". Como pocos justificó la adquisición. Como pocos fue adorado por el fervor y la pasión del número doce. Marcó una época durante durante la primera mitad de la década del sesenta. Con el fuego sagrado de los goleadores y el vicio empedernido de hacerle goles a River. Su aparición se asemejó a la que tiempos atrás había tenido el inolvidable Severino Varela, que con sus boinazos se ganó el aprecio del público. El, con sus disparos certeros y potentes, hizo trizas las aspiraciones millonarias en los clásicos de todos los tiempos. Quizá allí radique la razón de su éxito. Verdugo de los riverplatenses es el máximo scorer boquense en estos enfrentamientos especiales. Paulo Valentim, el grito de gol.

Cuando hizo su aparición en el primer equipo boquense y luego de dos partidos sin que la delantera pudiera quebrar la valla rival, teniendo como ariete a Valentim, muchos fueron los que pensaron que se trataba de un invento más. No fue así. Inmediatamente llegó al primer equipo Ernesto Grillo, veterano pero sapiente atacante que conjugó con el brasileño una pareja de ataque de primer nivel. Armador de todo el campo, Grillo colocaba pelotazos para los desmarques y la potencia de Valentim. Entonces allí apareció en toda su dimensión ese hombre voraz de redes adversarias, que no se "dormía" en las cercanías del área rival para aprovechar el rebote o la oportunidad sino que se movía por todo el sector del campo, tratando de crear espacios y ayudar a sus compañeros en la contención.

Llegó el primer enfrentamiento con River Plate naciendo el duelo épico con Amadeo Carrizo. El goleador de categoría versus el gran arquero. Fueron más las tardes que sus triunfos personales cerraron una nueva edición del clásico de los clásicos., a las victorias del golero. En el primer choque fueron dos impactos contundentes que hicieron las mallas de Carrizo y aseguraron una clara victoria por 3 a 1. Para el orgullo del arquero quedó el consuelo de haberle contenido un tiro penal. Seis veces fueron las oportunidades que venció al arquero riverplatense en ese duelo de destreza y contundencia, y otras dos a Rogelio Domínguez,

completa su foja goleadora ante River Plate. Obtuvo en cinco temporadas 67 goles en 105 partidos. En 1961 alcanzó su mejor producción con 24 goles.

Paulinho, como lo llamaban en su familia, era un oficinista que cumplía con el buen tino su horario de trabajo. Lo sorprendió cuando su hermano Valdir lo invitó a que junto con él, jugaran al fútbol profesional. Al poco tiempo, el Atlético Mineiro de Mina Gerais le ofreció un contrato equivalente a mil pesos argentinos. Los goles lo catapultaron a la fama, donde tras dos años de constante amistad con la red, formó parte del scratch brasileño, donde alcanzó la consagración definitiva. Una lesión el el tobillo le impidió viajar a Suecia, donde sus coterráneos lograrían la primera consagración del fútbol brasileño a nivel mundial. Sincero, afirmó que "no viajé porque Vavá y Altafini son superiores a mí". En el Sudamericano de 1959, jugado en Buenos Aires, con tres tantos que definieron un clásico especial entre brasileños y uruguayos, donde se jugó la supremacía de un pasado glorioso de los celestes, con el esplendoroso presente que tenían por entonces los "verdeamarelhos" compartió la línea de ataque con: Garrincha, Didí, Pelé y Zagalo.

Cuando finalizó la temporada de 1964, y tras jugar 21 partidos convirtiendo 10 goles, entendió que su capacidad  goleadora había   disminuido notablemente. Honesto como siempre, se apersonó ante los dirigentes pidiendo el pase en blanco, que le fue extendido. Se incorporó al San Pablo con treinta y dos años; pareció en un primer momento conservar su vocación de romperredes, pero no fue así. Un breve paso por el fútbol mexicano, en Atlante; en 1968 firmó contrato con Argentino de Quilmes pero no llegó a jugar ningún partido oficial. Se retiró de los campos de juego acompañado por su brillante pasado de tardes inolvidables, con una sola meta en la cancha y un solo grito en la voz: "¡Gooool!".


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Paulo Valentim

EL CAÑONERO ENCADENADO

Es Valentim, así, con "M". Aclaramos esto porque se lo escribía con "N" por dos razones: una de eufonía y otra de identificación con facetas esenciales del temperamento del brasileño. Le cuadra a la perfección el Valentín, porque él es eso: guapo con coraje para regalar, con temple para aguantarse el hacha de tantos insignes leñadores del área.

Sin chistar, con alarde varonil que en nuestras canchas está lejos de ser corriente. Alguna vez lo definimos como el "goleador encadenado". Todos sus marcadores llevan la consigna escrita de pararlo de cualquier manera. Y él, al final de cada partido, ostenta en las piernas de hematomas y en la camiseta desgarrada por el continuo tironeo, las consecuencias de esa consigna.

Resulta así un verdadero milagro que pueda hacer goles teniendo que aguantar tan tremenda deslealtad de las defensas rivales. La verdadera dimensión de Paulo Valentim como futbolista podría establecerse, aunque el método pudiera ser tildado de incongruente, recordando más sus momentos desafortunados que los pasajes brillantes de su carrera.

Recordamos aquel tramo inmediatamente posterior a la suspensión que sufriera tras aquel partido con Argentinos Juniors. Aquella sanción significó para Valentim un impacto anímico demoledor. Se vio convertido en víctima de la más irritante de las injusticias.

El, que recibía todos los golpes, que era el blanco de todas las arterías, fue castigado a la primera respuesta ofrecida de frente, varonilmente. Todavía está por darse el primer caso de expulsión y suspensión de un defensor de los que hacen de Valentim el punto de mira de sus incorrecciones.

Y retomamos el hilo de nuestra apreciación  para decir que en ningún momento, ni aún en los de su mayor declinación, nadie pensó que estaba de más en el equipo. Y es que Valentim, aún en sus momentos aciagos de jugador (que los ha tenido y muchos) mantenía latente, por razón de prestancia, la seguridad de una auténtica valía.

Se le ha hecho a menudo el reproche de que "no está en todas las del fútbol", como si en nuestro medio sobraran los jugadores que las conocen todas. Pero le basta con lo suyo, con su fuerza de ariete, con su sentido de gol, con su vergüenza deportiva revestida de un coraje que lo capacita para entrar sin miedo al fuego en zona donde las malas intenciones arden al rojo vivo.

Le basta con eso para ser, de lejos, lo mejor que transita nuestras canchas con el 9 en la espalda. De Europa se lo han querido llevar muchas veces y puede confesarse que alguna vez se tuvo la tentación de venderlo, pero siempre se resistió la tentación.

Y es que se le sabe irreemplazable. Que lo ha sido aún en esos momentos de declinación que ha atravesado. ¿Qué mayor elogio se le puede hacerse a este muchacho moreno que tan profundamente se ha metido en el corazón de la hinchada boquense?.

Fuente: Así es Boca (1962)


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